Cuando era pequeña mis padres me enviaban a la casa de mi abuela a pasar los meses de verano. A menudo la encontraba conversando con su amiga, cuya presencia e influencia se transformó en un nítido, pero doloroso recuerdo porque siempre me decía pesadeces o frases duras como: “Otra vez llegaste sola, aún eres hija única, tus padres te están criando como egoísta”. Un día, desconcertada, pregunté: «¿Por qué me dice que soy egoísta?» Su respuesta fue simple: “porque eres hija única y crees que todo gira en torno a ti. No sabes compartir. Por ejemplo, si tuvieses un bombón te lo comerías sin darle un trocito a los demás.”
Pasaron los años, seguí visitando a mi abuela y recibiendo los comentarios de la amiga. Crecí escuchando sus afirmaciones que terminaron por convencerme de que ser hija única era un defecto, que yo era mala, porque no sabía dar y que estaba incompleta. Para compensar el condicionamiento de esas creencias, me esforcé en ser buena, atenta y generosa diciendo “sí” a todos. Sin darme cuenta, borré mis propios límites personales, permití no respetarme, me dejé manipular para evitar ser considerada egoísta.
Al comenzar mi despertar espiritual descubrí que había estado viviendo bajo una etiqueta errada que a temprana edad me impuso con autoridad e insistencia la amiga de la abuela. Su creencia se había convertido también en la mía. Asumí el rol del egoísta que no era mi verdadera esencia. Descubrí que la generosidad y bondad aprendí en las vidas pasadas, eran mis virtudes.
Tiempo después, mi abuela confesó que su amiga no tuvo un matrimonio feliz, porque su marido había sido alcohólico y terminó suicidándose. Como no pudo concebir, adoptó una niña quien la abandonó para volver con la madre biológica que perdió los derechos de maternidad por ser alcohólica. La amiga de la abuela vivió sola y amargada hasta que murió. Su resentida visión sobre la vida influyó en mi visión, me programó creer en una realidad que era de ella.
Todos tenemos una historia parecida donde un adulto ha abusado de su autoridad. Con poderío y dominación asignó un rol distorsionado y destructivo, que no se sincroniza con el alma y su esencia. Para liberarnos de ese rol debemos dejar los lamentos, lloriqueos y postura de la víctima.
¡Hay que pasar a la acción y volver a la esencia verdadera y pura!
Para lograrlo recomiendo usar la meditación “Anulación de los roles”, ya que ayuda a limpiar rápidamente las etiquetas o roles impuestos por el mundo externo.
Sugiero concentrarse en un solo rol dañino por varios días consecutivos. Liberarse, purificar y transformar la vida para empezar a verla desde una nueva perspectiva saludable y constructiva.
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